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María
José
Fernández

[SOBRE MÍ]

Soy María José Fernández, tengo 31 años, chilena, criada en la comuna de Isla de Maipo, un pueblo al sur de Santiago donde lo cotidiano, lo familiar y los detalles marcaron mi forma de mirar. Desde temprana edad sentí la necesidad de capturar imágenes de mi entorno, de las personas y de aquellos momentos que tenían un significado especial para mí.

Con el tiempo, esa curiosidad se expandió más allá de los límites de mi comuna, llevándome a explorar otros espacios, ciudades y formas de habitar. A través de la fotografía y otras expresiones visuales, busco transformar experiencias en imágenes capaces de conservar la emoción del descubrir y acompañarnos en nuestro día a día.

Entendiendo el mundo como experiencia. La imagen como recuerdo.

[PROFESIÓN E INTERESES]

Soy Arquitecta, titulada el año 2021, formación que marcó profundamente mi manera de comprender el mundo. A lo largo de ese proceso recorrí un camino de aprendizaje vinculado a la construcción, la historia, la ciudad y, sobre todo, al entendimiento del habitar. Fue allí donde nació una fuerte fascinación por experimentar los espacios no solo desde lo físico, sino también desde lo sensorial y lo emocional.

Uno de los grandes referentes en este recorrido fue el libro Walkscapes: el andar como práctica estética, de Francesco Careri, que despertó en mí el interés por conocer los lugares a través del acto de caminar y del recorrido como experiencia. Esta mirada fue una de las principales motivaciones que me impulsó a comenzar a viajar y a observar los territorios desde una escala humana.

Antes de estudiar Arquitectura, estudié dos años de Diseño de Interiores, experiencia que hoy se traduce en mi interés por embellecer espacios cerrados y expandir los límites de las cuatro paredes a través de objetos decorativos con sentido.

La fotografía ha sido una constante a lo largo de mi vida. Es el medio a través del cual capturo texturas, lugares, formas de habitar y detalles que llaman mi atención. Siempre he sentido una profunda cercanía con las artes y con el deseo de comprender el mundo; hoy, gracias a la convergencia entre mi profesión e intereses, ese impulso se transforma en un motor creativo para compartir mi mirada y mi recorrido con otros.

Arquitectura [ARQUITECTA]
Barcelona [BARCELONA, ESPAÑA]
Mies Van Der Rohe [MIES VAN DER ROHE]
[LOS VIAJES]

Los viajes cambiaron profundamente mi manera de entender el mundo. Desde el primero comprendí que existen tres tipos de viaje: el que se planifica, el que se vive y el que se recuerda. Cada uno es una experiencia extraordinaria, distinta y complementaria.

A través de las siguientes fotografías, te invito a recorrer parte de ese camino y a descubrir las emociones, detalles y miradas que dan sentido a cada viaje.

Venecia
[VENECIA, ITALIA]

Venecia fue la primera ciudad de Italia que conocí. En ese instante, frente a la Basílica de Santa Maria della Salute, me despedía de su recorrido, sabiendo que ese cierre era también el inicio del resto del viaje por uno de mis países favoritos.

Viajar me enseñó que no es la maleta la que se llena, sino uno mismo. Los recuerdos, las emociones, las personas y las vivencias no se quedan en el lugar: nos acompañan, siguen viajando con nosotros y regresan a casa transformados en memoria, mirada y experiencia.

San Sebastián
[SAN SEBASTIÁN, ESPAÑA]

Viajar también es encuentro. En San Sebastián me reencontré con grandes amigos de la vida, de esos que la distancia geográfica no permite ver seguido, pero que al volver a encontrarse generan momentos de profundo valor, presencia y emoción genuina.

Los viajes crean círculos que nunca se cierran del todo: encuentros y reencuentros con personas de distintos lugares del mundo, vínculos que se cruzan en el camino y dejan la sensación de que, en algún momento, volverán a coincidir. Esta experiencia ocurre con el otro, pero también con uno mismo; viajar es, al mismo tiempo, encontrarse y reencontrarse.

Marruecos
[DESIERTO DEL SAHARA, MARRUECOS]

Sentada en un hotel, justo antes de internarme en el desierto del Sahara, apareció una mezcla de intriga y asombro. Viajar a Marruecos significó abrirme a una diversidad cultural profunda, a nuevas formas de habitar, de conversar y de comprender el mundo desde la experiencia directa.

Cada recorrido, cada diálogo y cada silencio fue una forma de aprendizaje. Un conocimiento que no se estudia, sino que se vive, se observa y se siente en el andar. Viajar es comprender que el mundo es uno solo, pero profundamente diverso, y que esa diversidad nos enriquece y nos transforma.

Paris Torre Eiffel
[TORRE EIFFEL, PARÍS]

Pasear frente a la Torre Eiffel no fue solo estar en un lugar icónico, sino sentirme parte de la ciudad. Caminar sus calles, observar sus ritmos, detenerme en sus espacios y moverme a su propio tiempo fue una forma de habitarla.

El acto de andar permite construir una relación íntima con la ciudad. A través de la experiencia cotidiana —el caminar, el mirar, el perderse y volver a encontrarse— se genera un sentido de pertenencia que va más allá del origen o la permanencia. Viajar también es eso: habitar temporalmente, formar parte de un lugar desde la experiencia, y comprender que una ciudad puede sentirse propia incluso sin serlo.

Montmartre
[MONTMARTRE, PARÍS]

Apoyada en un mural en Montmartre, el corazón sensible de París, fue donde realmente sentí la ciudad. En ese barrio las experiencias se superponen y conviven: la música en las calles, la gastronomía, su gente, los pintores y el ritmo cotidiano activan todos los sentidos al mismo tiempo.

Fue allí donde me enamoré de París, al comprender que habitar una ciudad no basta solo con recorrerla. Es necesario sentirla: observar sus detalles, escucharla, olerla, detenerse y dejarse afectar por todo aquello que la compone. Viajar se transforma entonces en una experiencia completa, donde el andar se acompaña del sentir, y cada ciudad se revela a través de sus pequeñas y grandes expresiones.

Roma
[COLISEO, ROMA, ITALIA]

Frente al Coliseo, con una copa de vino en la mano, la historia deja de ser un concepto aprendido y se vuelve experiencia. Estar allí es mirar con mis propios ojos las huellas de la humanidad, comprender la arquitectura como testigo del tiempo y reconocer las transformaciones sociales que han dado forma al mundo que habitamos hoy.

Viajar permite que aquello que alguna vez fue leído o estudiado cobre sentido desde el cuerpo y la emoción. La historia deja de ser lejana y se vuelve presente; se camina, se observa y se vive.

Jaca
[JACA, ESPAÑA]

Arriba, una imagen de mi infancia junto a mi mamá y mi hermana. Abajo, yo misma muchos años después, en el mismo lugar. Jaca fue un lugar en el que viví cuando era niña y al que decidí volver para revivir esa experiencia y reconectar con ese tiempo.

Volver a un sitio es también volver en el tiempo: reencontrarse con emociones, recuerdos y versiones pasadas de uno mismo. Viajar permite resignificar lo vivido; los lugares guardan memoria, y al regresar, esa memoria se activa. En ese cruce entre pasado y presente, donde el viaje se transforma en una experiencia profunda y significativa.

Maison Rose
[MAISON ROSE, PARÍS]

Frente a la Maison Rose, viajando ligera y sonriendo, aparece la síntesis de todo este recorrido. Viajar es una experiencia que me hace profundamente feliz, porque me entrega conocimiento, sensibilidad y una comprensión más amplia del mundo y de mí misma.

En cada viaje se entrelazan el andar, el sentir, la historia, los encuentros, la memoria y la diversidad. Todo lo vivido en los recorridos anteriores se reúne aquí, recordándome que viajar no es solo moverse de un lugar a otro, sino una forma de aprender, de mirar y de estar en el mundo. Y es en ese proceso donde encuentro alegría, sentido y plenitud.

Viajar me transforma, la fotografía me permite volver, y juntos dan forma a este proyecto.

[CONECTEMOS]

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